La Ferrería de Cades: Viento, agua y fuego

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Hoy nos adentramos en uno de esos lugares que a veces pasan desapercibidos a simple vista, pero que esconden en su interior un encanto y una atracción innegable. La Ferrería de Cades nos devuelve al pasado, al trabajo con el mineral de hierro, al que fue uno de los oficios más duros que se recuerdan. Nos referimos a esas industrias encargadas de transformar el mineral de hierro en lingotes, a esos ferrones con jornadas de trabajo eternas,  manufacturas de ayer y patrimonio del presente que no podemos dejar caer en el olvido.

Pero antes de empezar...

¿Que és una ferrería?

Se trata de una instalación donde se transformaba el mineral de hierro en metal. El mineral de hierro aparece de forma natural combinado con otros elementos y era en las ferrerías donde se separaban, para obtener "tochos" o lingotes de hierro.

Aunque al principio aparecieron con técnicas de viento u otros tipos, finalmente las que dominaron fueron las ferrerías hidráulicas.

¿Cuando se inventaron?

Los primeros testimonios de ferrerías hidráulicas se remontan hasta el siglo XII en la zona sur de los Alpes (Suiza, Austria) y en el norte de la actual Italia. Un siglo después se expanden rápidamente por Francia y Alemania y probablemente en este mismo siglo entra esta técnica en la península Ibérica a través del Camino de Santiago. 

¿Dónde está la de Cades?

Se encuentra en el norte de España, en un pueblo de nombre homónimo, en el municipio de Herrerías, cuyo nombre ya nos deja entrever la vinculación tan importante que tenía con los metales.

Se construyó en 1752 y su actividad se mantuvo durante un siglo.

Ahora ya si que esás preparado para seguir leyendo esta historia

1. Las Ferrerías en Cantabria: Distribución Temporal y Espacial

El origen de las ferrerías en Cantabria se remonta a la Edad Media, momento en el que estas industrias ya eran numerosas. Esta antigüedad está asociada a otras dos industrias de gran importancia en la región, la construcción naval y la fabricación de armas, que ayudan a explicar el trato favorable por parte de la corona a los ferrones montañeses desde el S.XIV. La distribución en el territorio responde a diversos factores (cursos de agua, bosques, acceso a puertos), siendo el más importante la proximidad a los yacimientos de hierro, aunque éste último también se recibía desde el área de Somorrostro (Vizcaya). La presencia de la nobleza en la zona central de Cantabria, es el último factor que termina de explicar la relativa concentración de ferrerías en este área, ya que los grandes linajes fueron los primeros propietarios de las mismas.

El siglo XVI trajo asociado una expansión demográfica, económica y territorial sin precedentes en España, que afectó a la demanda de hierro a la que Cantabria tuvo que hacer frente. El monopolio de la construcción naval que consiguieron los astilleros del norte peninsular supuso un hito clave, motivado probablemente por las excelentes condiciones de la región en relación a la abundancia de madera, hierro y tradición en la construcción de embarcaciones. Las mejoras técnicas permitieron, a su vez, un incremento notable en la producción:

“Para lograr un mayor rendimiento en la producción de la ferrería de Don Diego de Velarde, convino Don Alberto de la Puebla con dicho señor el 24 de Mayo de 1652 hacer importantes obras en la citada ferrería, derribando, extinguiendo y fabricando un martinete para la tira y labor del hierro sutil de los que se fabrica en dicha ferrería..”

Barreda. Desde el siglo XVI al ocaso de la navegación a vela.

Los comienzos del S.XVII supusieron la aparición de un nuevo factor que generó una competencia directa para las ferrerías montañesas, la instalación de los primeros altos hornos de carbón vegetal en La Cavada y Liérganes en 1628. Sin embargo, el número de ferrerías continuó aumentando, gracias al mantenimiento de la demanda interior de la región asociada al sector naval. Además, la especialización de los altos hornos en la producción de armamento y la preferencia de los herreros por el hierro forjado en lugar del colado, ejercieron un influencia positiva.

La Ferrería de Cades se acabó de contruir en 1752 y estuvo en funcionamiento casi un siglo, siendo en 1850 el momento en el que se tiene la última referencia escrita acerca de su actividad.

El siglo XVIII constituye un periodo clave en la expansión de las ferrerías cántabras, sobre todo durante la segunda mitad de siglo, a raíz de la llegada de los Borbones y su deseo explícito de renovar la flota española, y así reforzar las relaciones comerciales con el exterior. En este momento entra en juego un personaje fundamental, Juan Fernández de Isla, que convence al Marqués de la Ensenada (Secretario de Estado por aquel entonces) acerca de las ventajas que ofrece la construcción naval en Cantabria, concretamente en los astilleros de Guarnizo. Así comienza la época de máximo esplendor de las ferrerías de Cantabria, que comprende el periodo entre 1750 y 1790. Otros factores que también influyeron en el aumento de la demanda de hierro y el despegue de las ferrerías fueron:

  • La apertura del Camino de Reinosa hacia Castilla en 1753.
  • El crecimiento urbano de Santander entre 1750 y 1800.
  • La habilitación del puerto de Santander para el comercio con América en 1765.
Construcción de barcos en el astillero de El Ferrol en el S.XVII

A partir de 1790 el continuo ambiente bélico no supuso una situación propicia para las ferrerías montañesas, pero tampoco implicó unas consecuencias demasiado negativas. La ventaja de nuestras ferrerías fue el reparto equitativo del mercado, ya que la demanda exterior (hacia América) se complementó con una fuerte demanda interior, tanto regional como a escala estatal. La posición de ventaja del puerto de Santander, unido a la mejora de los caminos a Castilla y la Rioja y a la imposición de aranceles a los hierros vascos, constituyeron los factores claves en estas fechas.

La primera mitad del S.XIX supuso un mantenimiento de la dinámica, propiciado por el aumento de la demanda castellana, asturiana y gallega, que paliaba el descenso del tráfico con América, reducido únicamente a la isla de Cuba.

La crisis llega a partir de los años 50. La aparición de cantidades ingentes de hierro producido por las modernas instalaciones siderúrgicas españolas y extranjeras incidieron decisivamente en los precios, reduciendo los beneficios. Además, hay que tener en cuenta la pérdida progresiva respecto a la importancia del hierro forjado, que pasó a ser demandado exclusivamente por los artesanos. El deterioro del sector fue cada vez más notable y el hundimiento imparable, hasta el punto de que en 1874 solo existían tres ferrerías produciendo en Cantabria.

2. La vida de la Ferrería de Cades 1752-1850

La Ferrería de Cades es una de las más de 20 ferrerías inventariadas en Cantabria, siendo ésta la única que se puede visitar en la actualidad. Formaba parte de un conjunto rural original del siglo XVIII, que se terminó de construir en 1752, siendo su propietario D. Francisco Antonio de Rábago, originario de la cabecera del valle del Nansa, del valle de Polaciones. En el núcleo de Cades se daba la situación óptima para la instalación de este complejo: buenas comunicaciones con puertos cercanos, una gran masa forestal para producir carbón vegetal, y la presencia de agua abundante procedente del río Nansa.

El mineral lo traían desde el País Vasco, de la zona de Somorrostro, debido a la baja calidad del mineral existente en Cantabria, en las minas de la zona de Peña Cabarga. El transporte se realizaba mediante embarcaciones, por el mar, y se depositaba en los almacenes situados en las riberas de los ríos, para después llevarlo hasta las ferrerías. En esta zona, los embarcaderos estaban en Muñorrodero y en San Vicente de la Barquera, y todo el transporte del mineral se hacía en carros tirados por bueyes, aprovechando las épocas de buen tiempo, que era cuando los caminos estaban en mejores condiciones.

Francisco Antonio de Rávago y de los Ríos, fundador de la Ferrería de Cades

Los ferrones eran los encargados de transformar el mineral de hierro en lingotes o tochos para su  posterior comercialización. Después eran otras industrias, como las fraguas o las herrerías, las que se encargaban de la transformación del tocho para hacer herramientas, maquinaria, clavos para barcos, etc.

Los trabajadores eran siempre de origen vasco, una zona con una gran tradición en el trabajo del hierro, y venían a trabajar por temporadas. La plantilla estaba formada por 6 u 8 operarios, encabezados por un maestro, el aroza, que dirigía el equipo. Trabajaban por turnos, ya que la ferrería estaba funcionando las 24 horas sin interrupción.

La actividad de la ferrería se desarrolló ininterrumpidamente hasta 1850, momento en el que se tiene la última referencia escrita acerca de su actividad. La crisis del sector, asociada a una reducción notable de la demanda del hierro forjado, forzó al cierre de la inmensa mayoría de estas industrias en beneficio de los altos hornos, mucho más modernos y eficientes. Como anécdota, en 1919 se presentó un proyecto para convertir la ferrería en un molino de 10 rodetes que, finalmente, no se llevó a cabo.

Ferrones trabajando en Mirandaola (Guipuzcoa)

3. ¿Como era una ferrería? ¿Qué de especial tiene la de Cades?

La organización y disposición de los elementos en las ferrerías hidráulicas solían seguir siempre el mismo patrón, con pequeñas variaciones en función de la geografía del lugar y las dimensiones de las mismas. Era habitual que estas pequeñas industrias contasen con:

system

Sistema hidráulico

rueda

Rueda hidráulica

air

Fuelles

mazo

Mazo

fuego

Horno

piedra

Carboneras

La producción diaria era de 4 lingotes, puesto que se calentaba junto al carbón durante 6 horas, para posteriormente convertirlo en un "tocho" 

La disposición de los elementos responde al plano de la imagen anterior, siguiendo la estructura de la mayor parte de las ferrerías inventariadas en Cantabria. Existen dos naves principales (2 y 3 en el plano) correspondientes a la sala de barquines y del mazo, con dimensiones similares (11 x 6,5 m) y dispuestas en el sentido longitudinal del edificio. Aparecen separadas entre sí por el muro de bergamazo y comunicadas a través de un hueco rematado en arco, con accesos individuales desde el exterior por donde entraban los ferrones y sacaban las escorias producidas durante el proceso de los tochos.

Reseñar que todo el conjunto del espacio productivo (salas principales y carboneras) se encuentra a un nivel inferior respecto al terreno contiguo, para que el agua del deposito tuviera cierta altura antes de caer en las ruedas hidráulicas.

En primer lugar, el sistema hidráulico solía estar compuesto por la presa, el canal y la antepara. Las presas suponían la captura aguas arriba de la ferrería, y por lo general, se construían con “entramados de madera rellenos de piedra, sobre los que superponían chapones también de piedra que remataban y protegían la obra”. No habían evolucionado demasiado desde las viejas técnicas de construcción de los molinos, y sólo en algunos casos la obra se realizaba con materiales de primera calidad, en buena cantería.

Desde la toma de agua, es decir, desde la presa, era frecuente que arrancara un canal que llevaba el agua hasta la ferrería, con longitudes variables en función del desnivel del río y la localización de la instalación. La pendiente debía ser mínima y las paredes se construían en mampostería, aunque en algunos casos aparecen tramos en sillería.

La antepara se situaba al final del canal, constituyendo un depósito o estanque en el que se almacenaba el agua que posteriormente accionaba las ruedas y ponía en funcionamiento toda la maquinaria de la ferrería. La impermeabilización era importante para asegurar perder la menor cantidad de agua posible. Disponían de un sistema de desagüe, aliviaderos para expulsar el agua sobrante, el encaje de la rueda hidráulica (ondaska) y en el fondo se encontraban los agujeros para verter el agua sobre las ruedas.

En el caso de la Ferrería de Cades se optó por una “solución particular” para la antepara (1), realizándose el ensanchamiento final del canal en obra de sillería y siendo una de las paredes del depósito la de la propia ferrería (muro de estolda), tal y como puede apreciarse en la imagen inferior izquierda. Dispone de dos agujeros en el fondo para verter el agua hacia las ruedas hidráulicas, con un salto de unos 4 m y una capacidad de almacenaje de unos 300.000 litros de agua.

El canal también se conserva en buen estado, aunque no se utiliza en la actualidad debido a las filtraciones existentes en algunos tramos. Pueden apreciarse secciones construidas en piedra de mampostería, y la longitud del mismo es de unos 580 m, con unas dimensiones de 2 x 2 m.

Imágenes de la antepara o deposito de la Ferrería de Cades antes y después de su rehabilitación

La transmisión o el aprovechamiento de la energía del agua se llevaba a cabo a través de las ruedas hidráulicas y diversos dispositivos, principalmente basados en sistemas de levas y balancines. Había diferentes tipologías en función de la zona de llegada del agua con respecto a la rueda y su rendimiento, siendo la más utilizada en el norte las ruedas de corrientes medias o de costado, que reciben el agua un poco más abajo del eje de la rueda. Las ruedas se construían con madera y contaban con grandes dimensiones, casi siempre con más de 5 m de diámetro.

Primero una antigua y deteriorada rueda hidráulica de Mazonovo (Asturias) y posteriormente una de las ruedas restauradas de la Ferrería de Cades

La alimentación de aire a los hornos se realizaba a través del sistema de fuelles o barquines, que era el más extendido. Habitualmente se construían con cuero y madera (tabla), evolucionando, en ocasiones, hacia los modelos de tabla por tener éstos un mejor rendimiento de soplado y una mayor facilidad para su construcción y mantenimiento. Para accionar los fuelles el sistema más habitual era el de mazuqueros, consistente en el golpeo de las levas sobre la parte posterior de los barquines, accionándolos alternativamente.

En primer lugar Fuelles de tabla según la Enciclopedia Francesa y a la derecha y en segundo lugar en plena visita guiada explicando el funcionamiento de estos

El sistema de forjado del hierro consistía en la utilización de grandes martillos o mazos accionados, al igual que en los fuelles, mediante levas. Había diferentes tipologías en función del sistema de elevación de la maza, siendo el más extendido en el norte de España el martillo de cola. El golpeo de las levas se realizaba sobre la parte posterior del mango del mazo, la cabeza se elevaba y posteriormente caía por su propio peso sobre el yunque.

El mazo de la Ferrería de Cades rehabilitado con madera de roble y con una cabeza de hierro de más de 200 kg, era el que golpeaba la goa (masa biscosa de hierro y carbón al rojo vivo), que sacaban del horno, para quitar las impurezas del mineral de hierro, cuyo trabajo era tan efectivo que de aquí salían lingotes de 70 kilos con un 99,9% de pureza.

En primer orden esquema del denominado Martillo de cola y después el de Cades, con la cabeza de hierro y el yunque (que recibe golpes desde 1752) en primer plano

El sistema para obtener el hierro fue un tipo de horno bajo, excavado en el suelo, conocido como horno catalán, que se mantuvo sin evolucionar hasta las últimas décadas del S.XIX. Se construían semienterrados y abiertos, adosándose siempre a una de las paredes de la ferrería, la pared de forja, que era el lugar por donde salían las toberas que introducían el aire. El cerramiento del horno se producía mediante muros de arcilla provisionales, agujereados para el sangrado de la escoria y la salida de humo.

En Cades se sitúa junto al muro de bergamazo, dentro de la sala del mazo, debajo de un arco rebajado de unos 2 m de anchura que completa la pared de forja, construida en mampostería. Las dimensiones  del horno son de 1,25 x 1,35 m y 40 cm de profundidad, y  en su época sería capaz de albergar en sí un cargamento de aproximadamente 400 kg (300 kilos de carbón por 100 de hierros depositados en capas), de donde después de 6 horas, sacaban la goa hacia el mazo.

En la primera imagen la sala del mazo, donde está el horno a la izquierda del arco frontal, en la segunda el horno rehabilitado de la Ferrería de Cades

Por último, estarían las zonas de almacenaje y aprovisionamiento de carbón y hierro, conocidas popularmente como carboneras. Se situaban anexas a los espacios de producción, es decir, junto a las naves de los fuelles y del mazo, comunicadas a través de grandes huecos que posibilitaban el traslado del carbón y el hierro hacia el horno.

En la Ferrería de Cades aparecen cuatro carboneras, una para el mineral de hierro y otras tres para el carbón, adosadas entre si, transversales a las naves principales y comunicadas con estas a través de huecos en forma de arcos. Tienen una capacidad para almacenar más de 100 toneladas, cada una, con un ligero desnivel desde el interior de las carboneras hacia el espacio de producción para facilitar la caída de material.

Las carboneras en blanco y negro de la Ferrería de Cosio y en color una de ellas de la Ferrería después de la rehabilitación

Novedoso con respecto a otras ferrerías, es la presencia de una construcción sobreelevada (11) en la sala de los fuelles, y un pequeño cuarto auxiliar (5) de 3,5 x 4 m en una de las carboneras. En el primero de los casos, se cree que podría tratarse de un espacio en el que se ubicaba la cocina (3,6 x 4,9 m), y en el segundo, nos encontramos ante el lugar reservado para el descanso del maestro aroza, el “jefe” de la cuadrilla de ferrones. Además, en la misma sala del mazo existió un pequeño altillo de madera, donde (intentaban) descansar los ferrones, ya que de lunes a sábado no podían salir del lugar. Esto junto a la dureza del trabajo hacia que la esperanza de vida de los ferrones solo llegase a los 40 años.

4. Renaciendo como lugar imprescindible de visita

El abandono del lugar fue la nota predominante hasta el final de la década de los 80 del siglo XX. Fue en ese momento, hacia 1988, cuando comenzó la recuperación y la puesta en valor de la ferrería, merced a la acción desinteresada de la Asociación de Amigos de la Ferrería de Cades. Se planteó una doble necesidad: por un lado, rehabilitar el edificio y reconstruir la maquinaria desaparecida en base a los documentos y a los vestigios existentes, y por otro lado, la puesta en valor de la ferrería como museo con una propuesta didáctica que ayudase a comprender el “mundo del hierro”.

A partir del año 2000 se comenzó a mostrar al público el trabajo realizado por los voluntarios, a través de visitas informales, todavía sin contar con personal cualificado y especializado. En el año 2007 se convierte en museo, ya contando con personal capacitado y un régimen de visitas establecido: todos los días durante el verano, excepto los lunes, quedando el acceso restringido en invierno a colegios y grupos concertados. También en el mismo año se rehabilita el molino adyacente, que se ha incorporado al museo y completa la visita a este complejo industrial del siglo XVIII.

Alguna cosa importante nos hemos dejado a proposito en el tintero, con el fin de que completeís de la forma más interesante, incluso en momentos espectacular, gracias a los guías de este lugar, este viaje en el mismo lugar del que estamos hablando, asi que...

No podemos cerrar este artículo de otra forma que invitar encarecidamente a que visiten al agua, al viento y al fuego, visiten la Ferrería de Cades.

Pablo Sánchez Cabielles

Bibliografía
  • Arroyo Valiente, P., Corbera Millán, M (1993). Ferrerías en Cantabria: Manuefacturas de ayer, Patrimonio de hoy. Santander: Asociación de Amigos de la Ferrería de Cades.
  • Azurmedi, L., Gómez, M.A., (2004) Restauración de una ferrería en Cades, Cantabria, Litoral Atlántico
  • Cava, B. (2005) Francisco de Rávago, un ilustre de Cantabria, Estudio
  • Martinez, J.M., Bohigas, R., (1999) Arqueología en la ferrería de Cades, Litoral Atlántico.

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